Marcelo Caruso y la afroargentina esclava de 1700

En el pasado remoto y cenagoso de la colonia, casi un siglo antes de los sucesos de Mayo de 1810, en ese largo tiempo incógnito, al menos para quienes no somos historiadores, transcurre la novela de Marcelo Caruso, Negro el dolor del mundo. Hasta ese pasado fue a buscar el escritor una voz nunca oída y mucho menos escrita, la de un negro que vivió en esa Buenos Aires de sueñera y de barro, que se movió por sus calles, amó, frecuentó la sociedad de los blancos y la de los negros, y no pudo escapar de la condición de tormento y esclavitud a la que estaba condenado por su color de piel.Aunque se sabe que la palabra “tango” tiene raíces africanas y que la danza que nos identifica en el mundo le debe mucho al candombe, muy poco del reconocimiento de esos orígenes quedó en la imagen de sí que tiene el porteño, para quien suele prevalecer el mito de que hemos descendido de los barcos y no precisamente de aquellos que llegaban desde el Congo o de Angola. Tanto se han negado los orígenes afroargentinos que la novela de Caruso produce en quien la lee la sensación de verdadero descubrimiento de la presencia y la sociabilidad afro que tuvo lugar en esta ciudad en que vivimos.Hacer sentir el rumor de la vida en un libro no es un efecto menor de la literatura y esta novela de Caruso logra producirlo con delicadeza y maestría. Podemos percibir la oscuridad intensa de la noche, entrar en el patio de una casa en el que una mujer casi anciana, medio desquiciada, le da la teta vieja a un niño negro para calmar su llanto, podemos comprender la exasperación de su esposo al verla, escuchar el revuelo de las esclavas alrededor del “milagrito”, entrar en esa intimidad de sentimientos contradictorios y tabúes sociales tan lejanos. Pero, sobre todo, nos deja caminar por esa ciudad que desemboca en el río, de calles pestilentes donde se tiran las tripas de los animales, conocer los nombres antiguos de sus calles, la cadencia de sus rutinas; llegar hasta los mercados donde se juntan los negros, en distintos puntos de la ciudad, según la zona de África de la que provengan.Caruso nos hace padecer la iniquidad de la esclavitud en el personaje de Félix, el niño negro que es encontrado en el portal de la casa del herbolario Gabriel Martos Galloso, y que es criado por su mujer con todos los cuidados del hijo que no había podido tener. Es un niño talentoso que aprende a tocar el clave y a hablar latines, a quien la dama exhibe en las tertulias como un pequeño prodigio. Pero una vez muertos sus protectores, haciendo caso omiso a su condición de liberto, Félix es condenado a la esclavitud como todos los que comparten su origen étnico. En el colmo de la degradación, se lo obligará a oficiar de verdugo para el Cabildo de Buenos Aires y terminará condenado a muerte.Distintas fuentes históricas confluyen en la construcción de este personaje. Hay mucho en él de la autobiografía de Juan Francisco Manzano, de 1840, un cubano que en su infancia había sido mimado y emperifollado por su ama pero que a los 13 años fue enviado a trabajar como cualquier esclavo, sufrió maltratos y tormentos. El texto de Manzano, que sabía escribir, es el primer testimonio de primera mano de alguien que padeció la esclavitud. Porque en el caso de los esclavos, mayormente analfabetos, resulta evidente lo enunciado por Gayatri Spivak: el subalterno no puede hablar si no es hablado por otros. La otra historia que complejiza al personaje de Félix es la que aparece en el epígrafe de la novela: la del negro comprado por el Cabildo para que “dé tormento” ante la escasez de verdugos.

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Con una estructura en dos tiempos, que nos presenta al personaje muy cerca del patíbulo, pero deja un resquicio de esperanza, mientras alterna en retrospecciones el relato de los años felices, Negro el dolor del mundo brilla gracias a una lengua literaria precisa, medida y exigente, con destellos de suntuosidad. Sus diálogos son vivaces y las descripciones sugerentes de ciertos ambientes nocturnos o de los bailes de los negros en los arrabales de la ciudad permanecen pregnantes en la memoria.Junto a Félix, otros personajes se destacan por su complejidad. Don Gabriel, quien a regañadientes acepta la presencia del negrito en su hogar, es un herbolario taciturno, abrumado por la amarga relación con su mujer, a quien Félix intenta conquistar y de quien sólo obtiene el saber distante de sus hierbas y medicinas. Su esposa, doña Laurentina, que reprocha a su marido el infausto destino de sus embarazos, parece revivir con la presencia del niño y su tertulia pondrá en escena otras personalidades, entre ellas, la del regidor Esparza, cuya sombra revoloteará en distintos momentos de manera funesta, cruel vocero de los parámetros discriminatorios de la época.Cuando muere su madre, Félix ayudará al herbolario a repartir sus pócimas y así descubrirá la ciudad y encontrará a María Juliana, una esclava mestiza de la que se enamora. “Para el que nace en desgracia, lo bueno sólo trae más desgracia”, le dice a Félix una negra vieja, la Cigarrona, explicando la reticencia de María Juliana. Una sabiduría fatalista que será premonitoria para estos personajes condenados al sojuzgamiento.Mientras toma distancia y nos lleva al laboratorio del pasado para abrirnos los ojos sobre un aspecto silenciado de nuestra historia, Negro el dolor del mundo logra enfocar con precisión ciertos mecanismos del poder, como la estigmatización y la naturalización de la violencia hacia determinados grupos sociales, que quizás con otros disfraces aunque con el mismo encarnizamiento, operan aun en nuestro tiempo.Negro el dolor del mundo, Marcelo Caruso. Clarín-Alfaguara, 272 págs.

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