Las dos caras de Quito: la ciudad donde unos hacen vida normal y otros sufren la violencia de la crisis en Ecuador

Si en todas las ciudades del mundo hay contrastes, por estas horas Quito bien puede pelear el primer puesto del ranking. Basta con recorrer apenas unos kilómetros para sumergirse en un verdadero campo de guerra o, por el contrario, para ver escenas de un día normal en una capital y suponer que la crisis en la que está sumergida Ecuador desde hace diez días es sólo un cúmulo de fake news que circulan en las redes sociales.En La Carolina, una zona con muchas similitudes con Puerto Madero, los vecinos de ingresos más altos llevan su vida con normalidad: pasean a sus perros de razas premium, hacen gimnasia, colman los negocios de belleza y cuidado personal y mantienen sus rutinas de salir a cenar y a beber tragos y cervezas, pese al toque de queda que impuso el presidente Lenin Moreno, a partir de los disturbios.
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Sin embargo, algunos comerciantes aseguran notar una leve caída del flujo de trabajo. Yeferson, un venezolano que llegó al país hace un año y medio, y atiende un pequeño puesto de café al paso ─de esos estilo neoyorquino─, lo atribuye a que ”hay menos circulación de carros por los bloqueos”. Cuenta que la situación lejos está de ser la que se vive en Caracas, pero no oculta su preocupación. También con experiencia en crisis, Natalia, una abogada argentina de 32 años, que cambió Londres por Quito hace unas semanas para trabajar en una multinacional, alerta que hubo rumores de saqueos en la zona, pero que por el momento el mayor impacto del conflicto para quienes viven en esa zona se dio a nivel profesional: “Esto retrasa mucho la agenda de reuniones laborales y de negocios. Perdí más de un mes, la suerte no está de mi lado”, sonríe.

Una persona anda en bicicleta en medio del toque de queda que decreto Lenín Moreno en Ecuador. (AFP)

A apenas 5 kilómetros de allí, a más de una hora a pie por el terreno ondulante de Quito, se llega al barrio El Dorado, lindante con la sede de la Asamblea Nacional, en la zona de Itchimbía, que se convirtió en los últimos días en el epicentro de los enfrentamientos.Allí se palpa desolación hasta en las cuadras en las que no se producen disturbios: comercios con persianas bajas, calles con neumáticos y residuos quemados, regadas de combustible. La escena es dantesca. Los vecinos, salvo las contadas excepciones que intentan auxiliar a heridos, no salen de sus casas y cierran sus ventanas.

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“Tienen miedo que les entre un gas lacrimógeno o los proyectiles que tira la policía”, dice Patricio, de 38 años, que este sábado salió a repartir agua por los alrededores de su casa y advirtió justo a este cronista sobre un amigo de lo ajeno. “Fíjate que le preguntaste de que parte de Colombia era y no te quiso responder, estaba por intimidarte”, expuso.Patricio cuenta, con cierto temor, que escuchó historias de vecinos a los que la policía les allanó la casa, sin ningún tipo de motivo más que la sospecha de que les daban alojamiento a los indígenas. Jura no haber lanzado ni una sola piedra pero admite que está a favor del reclamo contra el Gobierno por el paquetazo.

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“Vete, cerdo, asesino”, les grita desde la terraza de su casa a un grupo de policías de infantería que minutos atrás desalojaron la calle. “¿Por qué no hacen como esos chicos, que estudian y salen a ayudar al pueblo”, les espeta, mientras aplaude a unos estudiantes de medicina. A unas cuadras de la Asamblea, sobre la calle Iquique, Maria Gabriela atiende un bar que durante la semana suele estar repleto de estudiantes de la “Escuela de Medicina de la Universidad Central”, pero desde hace diez días, cuando se desató el conflicto, tiene sus persianas bajas. “A cada rato tengo que estar cerrando, no me conviene ni prender la máquina de café”, lamenta.

El presidente Moreno decretó el toque de queda a partir de las 15 y militarizó la ciudad. (Photo by RODRIGO BUENDIA / AFP)

Explica que el costo de la electricidad por mantenerla enchufada es superior a lo que vende y para corroborarlo abre la caja registradora: muestra que no hay billetes y que tiene apenas unos centavos de dólar, la moneda oficial de Ecuador desde hace casi dos décadas, cuando reemplazó al sucre.La actitud de esta cuarentona comerciante contrasta con la poderosa Federación Nacional de Cámaras de Industrias, que mediante un comunicado reclamó el fin de la protesta, a la que calificó de abusiva y un “atentado contra la democracia y la paz”.

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“Si pienso en el negocio quiero que todo esto se termine, pero el Gobierno se ha metido con el pueblo y creo que la lucha debe seguir hasta que devuelva lo que nos quitó”, apunta, en relación al decreto 883 que emitió Moreno para, entre otros puntos, eliminar los subsidios a las naftas y el diésel, lo que duplicó el precio del combustible. Allison, de 22 años, vive en Quito hace tres años, pero nació en Tulcán una localidad de unos 50 mil habitantes en la frontera con Colombia. Llegó a esta ciudad para estudiar fisioterapia, pero dice que hace varios días no puede cursar y que le cuesta convencer a su madre de lo que está ocurriendo: “Ella mira la televisión y allí no muestran nada”, cuestiona a los medios de comunicación porque, según dice, no informaron sobre las muertes y heridos durante los incidentes, porque “son amigos del Gobierno”. “Nunca pasó algo así aquí”, asegura.

Decenas de personas participan en el décimo día de protestas contra el Gobierno este sábado, al Este de Quito (Bienvenido Velasco).

Viviana, de 31 años, gerencia una residencia de estudiantes en la calle Yaguachi, que durante este conflicto abrió para auxiliar a los periodistas que quedan en medio de los enfrentamientos. Rompe en llanto cuando ve llegar un médico corriendo, con un nene de no más de 6 años en brazos, al hospital Eugenio Espejo, ubicado frente a la Asamblea. “No puede ser, no puede ser, ¿qué le han hecho a este niño?”, se desgarra.

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Ya más tranquila, cuando le avisan que el chico sufrió una insuficiencia respiratoria por los gases lacrimógenos pero que ya está recuperado, agrega: “Se está viviendo una matanza. El viernes los indígenas se estaban manifestando pacíficamente y de repente ellos empezaron a reprimir y mandaron un camión a matar gente. Es la primera vez en mi vida que veo esto: queremos que se vaya este Presidente, porque él es como un títere que está siendo manipulado por el Fondo Monetario Internacional”.

El sábado fue uno de los días de mayor tensión en Quito. (Bienvenido Velasco)

A un kilómetro, en la Casa de la Cultura, frente al Arbolito, un inmenso espacio verde del tamaño del Parque Centenario porteño, donde instalaron su campamento los indígenas nucleados en la Conaie, reina la desconfianza hacia los periodistas, casi como ante la convocatoria al diálogo del Gobierno. El episodio del jueves, en el que fueron retenidos periodistas, incluidos de medios internacionales como Clarín y TN, no es aislado. Nadie da su nombre ni habla por separado, pero todos gritan: “Cuenten lo que está pasando. Queremos que nos escuchen, pero nos están matando”, ruegan. Acorde a los tiempos, sí se encargan de viralizar mensajes a través de los celulares: “Hay rumores de que van a entrar a desalojarnos, por favor avisen en las redes sociales”, mandan por Whatsapp. Todo un síntoma de los tiempos distintos que se viven.

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