Margaret Atwood te cuenta cómo sigue “El cuento de la criada”

No estaba segura de tener una secuela de El cuento de la criada, ni siquiera cuando los fans clamaban por la secuela. “Lo que ellos pedían era una continuación en la voz del personaje de Offred, algo que yo no sabía si podría hacer”, explica mientras toma té y jugo en su hogar en Canadá. “Puedes escalar el Empire State con las manos una sola vez. Cuando vuelvas a intentarlo, te caerás. Ya fue inimaginable haberlo conseguido la primera vez. Esa voz estaba allí. Y dijo lo suyo. No hay nada que añadir”.Pero hace unos años, Atwood comenzó a imaginar una manera de continuar su clásico distópico, publicado en 1985, sobre las mujeres de Gilead, una autocracia religiosa en lo que alguna vez había sido Estados Unidos, donde las mujeres fértiles son sometidas a violaciones y obligadas a tener hijos para la clase alta. En estos días se publica Los testamentos (The Testaments).En estos años, su novela El cuento de la criada se convirtió en un fenómeno pop, una manera de hacer protestas políticas, a partir de una serie televisiva premiada, con la actriz Elisabeth Moss como Offred, la narradora. Se vendieron más de ocho millones de ejemplares en todo el mundo anglófono. Hay mujeres que han ido vestidas como las criadas a protestar frente a capitolios y congresos en todo el mundo, por sus derechos reproductivos y leyes para decidir sobre su propio cuerpo. Las expectativas para la secuela de Atwood, que sale al mercado global entre el 12 y el 16 de septiembre y ya fue nominada finalista para el premio Man Booker, son estratosféricas.La presión también era alta porque, en cierto modo, ya existe una secuela de El cuento de la criada, dado que la adaptación televisiva de Bruce Miller llevó la historia de Offred más lejos que la novela. Atwood y Miller, de hecho, tuvieron que coordinarse en cuanto a los desarrollos de la trama y los personajes para que la serie no se contradijera con la secuela ni lo contrario. “Margaret me ofreció más restricciones y yo le di más información”, reveló Miller en una entrevista. “Tenía que tener cuidado de adónde iba y qué estaba haciendo. Es ella quien controla el mundo”.

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El guardarropa de la represión

La secuela tiene lugar unos 15 años después del final de El cuento de la criada, cuando Offred es subida a una camioneta negra con destino desconocido. Esta historia tiene dos nuevas narradoras –una joven que se crió en Gilead y una adolescente canadiense que escapó del régimen cuando era pequeña– y una tercera que será familiar para los fans de la novela y la serie: la Tía Lydia, la aterradora y vengativa arquitecta del sistema de Gilead que entrena a las criadas para la servidumbre reproductiva. A medida que se desarrollan estas historias entrelazadas, Atwood revela nuevas facetas de cómo surgió la estructura de poder de Gilead, y cómo finalmente se desmorona. (También se está preparando una adaptación para televisión de Los testamentos).Atwood, que cumplirá 80 años en noviembre, está de buen humor mientras reflexiona sobre su obra, la mortalidad y la sorprendente predicción de El cuento de la criada. Estos son extractos del diálogo.–Cuando usted anunció la secuela, dijo que se proponía responder a lo que los lectores se habían estado preguntando sobre Gilead durante años. ¿Cuáles fueron esas preguntas?–Todas ellas empiezan con “¿y si…?”. Y uno de los “y si” era este: los sistemas totalitarios no perduran, esa es mi ferviente creencia. Algunos de ellos han durado más que otros. Cuando se desmoronan, ¿qué es lo que hace que caigan? Bueno, hay muchos escenarios diferentes. Desmoronamiento desde adentro, corrupción, y las purgas por peleas internas de las élites; ataques desde fuera; sucesión generacional. La primera generación empieza muy ferviente, la segunda se encarga de administrar lo existente y tal vez la tercera empieza a pensar: “¿Qué estamos haciendo?”.–Tras la elección de Donald Trump se dispararon las ventas de El cuento de la criada y muchos hicieron notar que era extremadamente vigente. Algunos elementos concuerdan con situaciones actuales, como la reducción de los derechos reproductivos, la separación de las familias en la frontera y los ataques por parte de grupos de supremacistas blancos. ¿Quería escribir la secuela para hablar de esos paralelos?–No, no. Son cosas que siempre empiezan a salir a la superficie en cualquier país. Los supremacistas blancos ya están ahí y salen a la luz cuando las condiciones los favorecen, como actualmente sucede en Estados Unidos. –Los testamentos retoma la historia 15 años después, pero se entreteje con elementos argumentales introducidos por la serie. ¿Fue deliberado?

Gala de comandantes. La crema de Washington.viste Dior y Balenciaga.

–Intentaba que no hubiera ninguna inconsistencia flagrante entre ambas historias. Ellos actualizaron la cronología de los temas entonces había mucho espacio por explorar.–En la segunda temporada del programa, la beba de Offred, Nicole, sale del país de contrabando hacia Canadá. Nicole es fundamental en la trama de su nueva novela. ¿Tomó la idea de ese personaje del programa y decidió expandirla en la secuela?–No, Nicole era mi nombre. Te darás cuenta de que les he dejado un montón de papel en blanco para dibujar entre bastidores, así que depende de ellos cómo consiguen que la gente cruce la frontera en su parte de la trama.–Usted estuvo muy involucrada en la serie, que continúa la historia de Offred más allá de su primera novela. ¿Cómo ha sido ese proceso?–Tengo influencia pero no poder. Hay una gran diferencia. No soy la persona que puede tomar la decisión final. Entonces me comunico con Bruce y le digo algo como: “No puedes matar a tal o a cual”.–¿Funciona eso?–Bueno, no la mató. Pero no iba a matarla de todos modos. Es demasiado buena para matarla; me refiero a la Tía Lydia.–¿Ha habido ocasiones en que los actores quisieron llevar la trama y a los personajes en una dirección que violaba el mundo que usted construyó?–Hay un par de cosas que están en el libro que no recogieron por completo, pero puedes ver por qué no lo hicieron: es un programa de televisión. En el libro, van hacia una supremacía blanca completa. Pero en el show hicieron que el elenco fuera multirracial por algunas razones: 1. así lo actualizaron hasta el presente; 2. la plataforma y productora Hulu tiene una cláusula de diversidad; y 3, un programa en el que todo el mundo fuera blanco sería muy aburrido de ver.–¿Ha tenido desacuerdos por algunas partes de la trama?–He llegado a gritar pero fueron gritos que lograron su cometido. Es un problema para las personas que conocen de sistemas totalitarios reales que algunos de los personajes han sobrevivido por tanto tiempo. Sin duda, ya los habrían matado hace rato; ya hay varias personas que saben qué está tramando June.–En Los testamentos, la Tía Lydia se vuelve un personaje más complejo, con quien se puede simpatizar, una víctima además de una victimaria. ¿De qué manera evolucionó ella, en estas décadas desde la primera novela, y cómo decidió volverla tan central en la secuela?–¿Cómo se llega a ser una persona de alto rango en de una dictadura totalitaria? O bien eres un verdadero creyente desde el principio, lo que probablemente significará que después alguien te incluirá en una purga política, o eres un oportunista. O puede ser miedo, o puede ser una combinación de todo esto. Pondría el miedo como lo primero: “Si no lo hago, me matarán”. La Tía Lydia es una arribista, así que fue trepando. No es fácil perturbarla, pero tampoco cree en esto con tanto entusiasmo como otros. Al igual que Edgar Hoover, el fundador del FBI, Lydia advierte que hay mucho poder en saber cosas de alguien que esa persona no quiere revelar.–¿Cuándo tuvo la idea de escribir la secuela por primera vez? ¿Fue algo que había considerado antes pero que nunca había desarrollado?–Siempre he estado pensando en ello. Hace poco volví a mis notas y me enteré de que estaba pensando en una secuela de El cuento de la criada ya en 1991. Entonces, solo tenía que dar el salto y ver qué pasaba.–Me pregunto si el éxito de la serie influyó en su decisión de escribir una secuela, y cómo moldeó su comprensión del mundo y de los personajes. ¿Estaba tratando de reafirmar el control creativo sobre el mundo que creó?–Entiendo que pienses eso pero no, no realmente. Es justo lo que les dije al principio: la pregunta fue cómo se desmoronan los totalitarismos.–Dado que El cuento de la criada es tan venerado, la presión es inmensa por que la secuela satisfaga. ¿Está nerviosa por cumplir las expectativas de quienes te leen?–¿Arruinará mi futuro, mi reputación literaria? Si tuviera 35 años, tendría toda la razón al hacer esa pregunta. Pero no es mi mayor preocupación.

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La crítica y lo que deja secuelas

–¿Ha releído El cuento de la criada antes de escribir la secuela? ¿Qué fue lo que le llamó la atención?–Por supuesto. También volví a revisar mi archivo de recortes, porque en aquellos días no había Internet, así que recortábamos cosas de los periódicos. Y ya se hablaba entonces de todas las cosas que ahora son temas de conversación y de angustia. El ascenso de la supremacía blanca, esa capa nunca ha desaparecido, siempre ha estado ahí, pero alguien abrió una puerta. Se hablaba de cultos religiosos que subordinaban a las mujeres. El robo de bebés es un viejo motivo humano. Obligar a las mujeres a tener hijos, ocurre en la guerra de Troya, por el amor de Dios…–¿Qué acontecimientos recientes influyeron en su pensamiento?–No quiero ser muy específica porque entonces es como si le dictaras la respuesta a quien lee y prefiero que haya pensamiento y consideración individual. Es por eso que a la gente que me pregunta: “¿Qué le pasó a Offred?”, le respondo: “Tú eliges”. La historia está llena de gente que desaparece sin que puedas saber dónde terminó. ¿Qué final te gustaría tener?–La secuela no es tan ambigua ni deja el final abierto como la novela original. ¿Fue deliberado, para darle algo de finalidad a la historia?–Oh, la verdad no sé. Este tiene un mayor cierre. Alguien me dijo: “Oh, el final es tan feliz”. Pues no, no para todos en la historia. Es un final más positivo que el que uno esperaría que haya en distintos momentos de la trama. Soy de la generación nacida en la Segunda Guerra y todo se veía muy lúgubre en 1942.–¿Qué opina del hecho de que su libro haya adquirido resonancia política y de que se la considere a usted una figura de la resistencia?–No tengo control sobre ello. Usar el hábito de criada como mecanismo de protesta es brillante. No puedes ser detenido, no estás molestando, y no estás diciendo nada, pero eres muy visible y todo el mundo sabe lo que quieres decir. Así que ha sido una táctica brillante.–Tanto Offred como Lydia se preguntan si alguien leerá alguna vez las palabras que escribieron. Me pregunto si esto refleja su propio temor a que su trabajo no tuviera impacto.–Eso es cierto para todos los escritores. Para cada escritor. Incluso mientras escribís, te preguntás: ¿y si el editor mata tu obra? Entonces nunca tendrás un lector. Cada vez que ponés un elemento sobre la superficie, ni siquiera diré bolígrafo sobre el papel, porque podría ser una piedra o un árbol, en cada uno de esos momentos, estás suponiendo un lector. Y siempre es un futuro lector. El escritor siempre está en esa posición: separado en tiempo y lugar de quienquiera que esté leyendo tu libro. Es un salto a un futuro desconocido.–En el pasado, usted rechazó la etiqueta feminista pero los lectores y críticos ven feminismo en su obra. Me pregunto qué opina de ser ahora considerada un icono feminista.–Me incomoda la etiqueta si el otro no la define. Hay que preguntarse, ¿de qué clase de feminismo estás hablando? Como si alguien te preguntara si sos cristiano, ¿qué clase de cristiano? ¿Alguien que baila con serpientes, que cree que el Papa es infalible, de qué estamos hablando aquí? ¿Dónde estamos en el espectro? Porque hay muchas variedades. Lo mismo sucede con las feministas, que a menudo se denuncian unas a otras. Entonces, ¿qué clase de feminista soy? Porque me interesa la justicia, soy de un tipo igualitario, en el que igual significa igual, no superior. Así que no se obtienen puntos extra por ser feminista…. Alexandra Alter escribe para el diario británico The Times. Ha colaborado en The Wall Street Journal y The Miami Herald.

Los testamentos, de Margaret Atwood
Trad. Eugenia Vázquez Nacarino
Salamandra; 512 págs.; $ 985

Hacia el Premio Booker: Operación manuscrito De las 150 novelas que debe evaluar el jurado del Premio Booker, cuya sentencia se conocerá el próximo 14 de octubre, una sola fue entregada en mano, por courier y únicamente al portador de ese nombre. Fueron tales el embargo y el operativo de seguridad por temor a la filtración, que no se repartió un solo archivo digital, ni estaba permitido entregar el manuscrito a un cónyuge, hijo o empleada. Mucho antes de firmar la recepción del paquete, cada jurado debió dar su acuerdo con una cláusula restrictiva, un “voto de silencio” que deben cumplir hasta el día de la premiación. Así, Los testamentos aterrizó en sus escritorios en cientos de hojas sueltas y cada página lleva el nombre del jurado con marca de agua: el director de festivales Peter Florence, la columnista Afua Hirsch, la editora Liz Calder, la novelista Xiaolu Guo y la pianista Joanna MacGregor. Intimidada por todas estas medidas sin precedentes en el Booker, una vez que lo releyó, Hirsch se vio tentada de pasar el manuscrito por la trituradora, hasta que recordó que se trata de ejemplares únicos. Casi como una burla inofensiva, Atwood ya hizo retoques a la versión entregada.

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