Nona Fernández: lo que arrastra y revive la corriente del Mapocho

Una vez, Juan Rulfo dijo en una entrevista que pensaba que lo que había ocurrido en México, la sangre, la muerte, la revolución, todo aquello, obedecía a un destino atávico. Con frecuencia, así los latinoamericanos vemos lo que ocurre en nuestros países: lo que nos pasa es fatal, no hay fuerza humana ni de la naturaleza que pueda evitarlo. Lo decía Roa Bastos, lo dice Rey Rosa. Es cierto que los guatemaltecos se mataron entre sí en conflictos sangrientos entre los 80 y los 90, pero la violencia parece venir de mucho antes: ya los mayas hacían sacrificios sangrientos; los muertos nos hablan desde muy lejos.Frente a esto, la literatura latinoamericana empieza y se erige como una literatura de protesta, de denuncia, a veces la única versión de la historia. “¿Por qué escribe Bernal Díaz su libro?”, le dice Asturias a Luis Harss en el libro Los nuestros: “Para quejarse al Rey de que después de todos sus años de servicio a la Corona ha sido olvidado”. Así empezamos, y así estamos, solo que ahora no se trata únicamente de la protesta, sino de intentar saber por qué, a pesar de los años, las décadas, seguimos así. “Creo que la función de la literatura hasta ahora ha sido la de exponer el sufrimiento de nuestro pueblo”, dijo Asturias en la misma entrevista. Hasta ahora era 1996. Y hasta ahora es 2019.“Muertos navegan por el río y cruzan la ciudad completa”, dice el narrador de Nona Fernández. Ese río es el Mapocho. Esta novela se llama así y es un conjuro, un intento por entender la sangrienta historia de Chile, tan sangrienta como la de cualquier país latinoamericano. Los hubo en el Río de la Plata, los hay en el Mapocho: “siempre hubo un muerto abandonado en las aguas del Mapocho”.Mapocho, la novela, es una historia de abandonos y fusiones, donde los términos del contrato cambian todo el tiempo. Dos hijos son abandonados por su padre y se unen hasta el incesto. La madre, llena de dolores físicos, guardiana de la sexualidad filial, criará sola a los hermanos. ¿Pero los ha abandonado realmente?Rucia, la hija, ha sufrido un accidente con su hermano y con su madre, ha vuelto a Santiago, a reencontrarse con su historia. La madre está en una urna y es cenizas. ¿Pero quién está muerto, y quién está vivo? “Los muertos viven. Son una realidad. Resucitan a diario y vagan por las calles del barrio”. Pero no se trata solo de los muertos de la familia. No se trata sólo de Rucia ni de su madre, su padre, su hermano Indio. Son los muertos que desde la fundación de Santiago han cimentado el tejido con la amalgama de su propia sangre. Los asesinados por Valdivia, los que murieron construyendo el puente sobre el Mapocho, los maricones caídos en desgracia, los muertos de la dictadura. De todos ellos está construido este relato que intenta desesperadamente encontrar la manera de entender cómo se es parte de una realidad en la que la violencia lo atraviesa todo.“Me gustaría leer algo histórico. No sé mucho de mi país”, le dice Rucia a su padre historiador en un encuentro que podría catalogarse de fantasmagórico. Porque hay que revertir la mentira de la historia, y la mentira en la historia: “En el año 1541 el conquistador don Pedro de Valdivia escucha la voz inmaculada de la virgen que le dice que en el valle del Mapocho debe fundar una ciudad. Mentira. Corre el año 1782 y el intachable corregidor Zañartu inaugura el puente de Cal y Canto con el cariño de toda la población que lo aplaude feliz.Mentira. Es 1927 y el nuevo presidente democrático del país, el coronel Carlos Ibáñez del Campo, realiza una limpieza social y envía a todos los degenerados de la ciudad a un sitio aislado para que la gente viva en paz y tranquilidad. Mentira. Mentira. Mentira.”La historia que contamos, hay que volver a contarla, contársela a otros, contársela a uno mismo para encontrar la verdad. Contar la historia de los vivos, pero sobre todo, contar la historia de los muertos, porque si estamos aquí erguidos sobre la corriente es porque, como bien saben los protagonistas de Mapocho, los muertos sostienen nuestras vidas.Mapocho, Nona Fernández Silanes. Eterna Cadencia, 240 págs.

Fuente

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *