Fabulosa brujería de Marosa di Giorgio

Cuentan que tomaba sol desnuda entre las tumbas del cementerio que hoy guarda sus cenizas. Cuentan que tenía siempre un aire ausente, transido. Cuentan que se pasaba las horas en los bares, bebiendo café durante el día, vino y whisky por las noches. Cuentan que adonde ella iba, la seguían mariposas, liebres y murciélagos caníbales. Cuentan que cuando recitaba, los relojes se detenían y hasta los pájaros callaban. Cuentan que por sus venas corría una savia dulce. Cuentan que evitaba la playa porque, según le escucharon decir, la arena es la sangre de la luna. Cuentan y cuentan. Cuentan puros cuentos. (…)En un momento de aquella entrevista, Osvaldo Aguirre le pidió a Marosa que se explayara acerca del extraño episodio de la infancia al que ella había hecho referencia varias veces: una precoz epifanía, un ángel que, según contaba, se le había aparecido a los cuatro años y le había anunciado su destino de poeta. Marosa, café y masas finas de por medio, le contestó: “Lo que me decían los ángeles. Pero no quiero ni debo explicar. Hablaban en la galería y no, del todo, en ella; con un ala al resguardo y otra afuera. Como los de Fra Angélico. Hasta los cuatro años fui, me parece, como todo el mundo. Pero ahí sufrí una perturbación; quedé como una testigo, sensible y ardiente, de todas las cosas. Mi protagonismo era como testigo: las cosas pasaban, yo las miraba en profundidad, con una atención extrema y dolorosa. Quedé expectante”. (…)La mudanza a la ciudad de Salto terminó por catalizar la eclosión de su universo poético, empujó además su ya revelada vocación de poeta al siguiente nivel: la publicación. A los dieciséis años, el periódico estudiantil Adelante, del Instituto Politécnico Osimani y Llerena al que concurría, incluyó dos de sus sonetos. Los últimos versos de esa primera producción rezaban: “¡yo quiero este desierto que arde en una hoguera! / ¡yo quiero la tormenta de fuego que aniquila!”.Además de sus inicios poéticos, en la ciudad de Salto desarrolló lo que sería su modo de circular en el mundo. Por un lado, encontró en el teatro una vía para confrontar su natural retraimiento. Integró el grupo Decir bajo la dirección de Nydia Arenas donde, entre 1950 y 1963, es decir entre los 18 y los 31 años, participó en una veintena de obras. Por otro lado, fue en Salto donde por primera vez tomó contacto con el mundo del trabajo: primero en el diario Tribuna Salteña donde era cronista de sociales y luego, a partir 1962, como administrativa del Registro Civil. Finalmente, también en Salto, se encontró con un nuevo territorio que la sedujo, el de los bares y cafés que frecuentaría de día y de noche, sola o en mesas nutridas de amigos, durante el resto de la vida. Mientras vivió en Salto, esos lugares fueron la confitería Oriental, el Ding Dong, El Galeón, pero sobre todo el Sorocabana. (…)Aprender un lenguaje es también aprender a pensar de una determinada forma. La prosa poética de Marosa es un lenguaje único; si alguien pudiera meterse en él y adoptarlo de la misma forma en que un inmigrante adopta la lengua del país que lo recibe, si alguien pudiera zambullirse en el río de los papeles, quizás entonces podría entender lo que Marosa vivió y participar de su precoz anunciación.Extremas, AA.VV.. Leila Guerriero (Ed.), Ediciones Universidad Diego Portales, 527 págs.

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