Theodor Adorno o la posibilidad de una humanidad en medio del progreso

Un tren lanza su humo blanco saliendo de un túnel, una máquina de hilar gigantesca hace mover el algodón, en un tubo de pruebas se descubren pócimas sanadoras; las postales de las conquistas de Occidente en los últimos siglos son muy diversas, y le han valido su lugar de predominancia en el planeta Tierra. Ante estas evidencias, ¿quién se atrevería a negar la idea de progreso? Algunos lo hicieron por tradicionalismo, otros tras ver que la técnica era también la de la destrucción de la bomba atómica o el gas mostaza de la Primera Guerra Mundial. Pero la idea de progreso ha sobrevivido al juicio de los escépticos. Ponerla en duda es cuestionar la forma en que nos pensamos en el tiempo, y justificamos nuestros actos.En el año 1965, Theodor Adorno dedicó un semestre de sus clases en la Universidad de Frankfurt a pensar la relación entre el devenir histórico, la necesidad y los actos humanos. Sobre la teoría de la historia y la libertad (Eterna Cadencia), cuya destacada traducción estuvo a cargo de Miguel Vedda, compila estas lecciones. Su título contiene, aunque no lo parezca, una oposición. ¿Son combinables la teoría de la historia y la libertad? Se trata de un problema que, no por nada, nació a la par de la revolución industrial y la lenta muerte de la idea de Dios. ¿Pero qué tienen que ver Dios y las máquinas con el tiempo de la historia? Antes, en el Occidente cristiano, los hombres pertenecían al orden de la realización de la divinidad en el mundo; las historias múltiples de los seres terrenos se unían al final con la nueva llegada del mesías y la finalización de los tiempos. Pero en el camino de la secularización, la idea de Dios como regulador del acontecer humano perdió fuerza, si bien el abandono de esta idea fue paulatino. Hegel, el mayor representante de la Filosofía de la Historia moderna, sigue siendo subsidiario, en última instancia, de una idea de divinidad más o menos coincidente con el espíritu que deviene en el mundo.Desde el siglo XVIII al menos, la idea de progreso ayudó a modificar la antigua temporalidad, donde el fin (el juicio de Dios sobre los hombres) era lo certero. Ahora el progreso supone un final abierto, pero más importante aún, tiñe todo lo que hacemos con una pátina benéfica, principalmente lo que se presenta como nuevo. Pero denunciar esta falsedad podría implicar, a la vez, poner en cuestión las verdaderas conquistas de lo que habitualmente se entiende como humanidad. Adorno no fue el primero ni el único en señalarlo; su precursor más directo se llamó Walter Benjamin. Es por eso que en un pasaje de estas lecciones, pasados veinticinco años de la muerte de su colega, Adorno regresa por un momento -como en tantos de sus pensamientos- a Benjamin. En este caso, a las Tesis del concepto de historia, último escrito que Benjamin -aunque con cierto recelo- dejó a la posteridad.El progreso, se dice en estas tesis, es el viento de la historia que empuja hacia delante a un famoso ángel. Este ángel de la historia quisiera detenerse a salvar lo que pueda de la destrucción. Esa detención es imposible; el tiempo se ha acelerado y no se lo permite, debe seguir adelante. Lo que empuja es precisamente la tormenta del progreso. Esa misma idea de progreso hace que la amenaza del presente, como claramente ocurría en 1940, se vea con una pátina de benevolencia aunque todo lo que nos rodea lo contradiga. Puesto que nos hemos declarado en medio de un avance, lo malo del presente parece un espejismo. Adorno acentuará esta idea de la historia como una acumulación de destrucción al decir: progreso, acaso, equivalga simplemente a evitar la catástrofe.La discusión pone en juego la posibilidad de una humanidad, tal como las actuales discusiones sobre la ecología (incluida su dimensión política y su participación en la desigualdad del mundo) nos recuerdan a diario. La idea misma de humanidad propiamente dicha, plena, además de su supervivencia física, está en juego. Ser crítico del concepto de progreso, sin embargo, podría confundirse con un acto de mero conservadurismo, con una abjuración abierta de la técnica o una renuncia a la razón. Según nos recuerda Adorno, esta última renuncia es imposible. Ya lo había establecido en un temprano libro, Dialéctica del Iluminismo. De modo que su crítica deberá tomar otros carriles. El problema del concepto de historia dominante es aquel que hace del avance del tiempo el movimiento de una totalidad. Se llamó “historia universal”, y su protagonista es, en Hegel, el espíritu. Dado que el espíritu está en avance -su nombre secular es el progreso, podríamos decir-, y que sus etapas equivalen a mejoras, el precio a pagar por estos progresivos beneficios siempre estará justificado. El mismo Hegel concede que, a nivel personal y de los seres humanos en su individualidad, la Historia no es más que un matadero; pero este es el nivel que habría que abandonar para entenderla. Su avance es visible desde lo general, y desde lo general se trata de un progreso, y será celebrado ante cualquiera de sus detractores.Durante el dictado de las lecciones recogidas en este libro, Adorno atravesaba la etapa final de redacción de su obra teórica y especulativa mayor, la Dialéctica negativa; las coincidencias textuales son muchas. Ya en otros de sus libros y ensayos había sometido a Hegel a una crítica insistente sobre esa idea de totalidad. El mismo concepto de una dialéctica negativa significaba, precisamente, renunciar a ese momento de totalidad y dejar el camino del pensamiento en un estado de incompletud que lo salvara de ser cómplice, en palabras de Adorno, “de lo existente”. Como ocurre en buena parte de su pensamiento, Adorno adjudica a este concepto una dimensión social. Entonces, la totalidad es equiparada a la sociedad moderna, con sus coacciones y con su amenaza sobre los individuos, y tiene su contraparte en la lógica, por la voluntad oclusiva de toda afirmación total.Si la reflexión sobre Hegel marcaba uno de los pilares sobre los que se levanta la dialéctica negativa, el otro, casi necesariamente, será Kant. Ya en lecciones anteriores sobre la moral, Adorno había determinado, algo provocativamente, a esos dos autores como el campo de la filosofía por excelencia. Si se ha de desarmar el todo en favor de lo particular, hace falta entonces entender cómo ese particular actúa en el mundo, y esa ya deja de ser una pregunta de la filosofía de la historia, y pasa a ser una de la ética. Es por eso que estas clases acuden a la filosofía kantiana. El individuo, lo particular, la aparente contingencia, esos elementos que forman el conjunto del todo, ¿cómo han de conservar su libertad si, finalmente, están destinados a cumplir una función determinada en el gran engranaje de las leyes de la naturaleza y de la historia?Esta, dice Adorno, es una pregunta de la mayor dignidad filosófica. Encierra un problema no sólo humano, sino de la lógica del mundo pensable. Si renunciamos a la libertad caemos en el determinismo, si renunciamos al determinismo de las leyes naturales e históricas, caemos en la irracionalidad. Esta dicotomía, en parte, no ha de cerrarse. La dialéctica negativa, como muestran estas clases, está menos para resolverla que para recorrerla en todas sus partes.Entrar al progreso, reflexiona Adorno, es en realidad salir del hechizo. La totalidad nos ha hecho reducir lo positivo y progresivo de ese devenir abierto a la mera técnica, a la evolución de “las capacidades y los inventos”, mientras que el verdadero progreso no puede formularse sin la idea misma de humanidad. Esta idea no ha sido realizada aún. La catástrofe circundante, la extensión en el mundo de la violencia y la miseria, es un recordatorio de la tarea pendiente.

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