Julieta Venegas: Postales de un encantamiento

Contra cualquier comienzo imaginado, fue Julieta Venegas la que inició todo: convocó a Santiago Loza para ponerle canciones a su texto y juntos citaron a Guillermo Cacace, que venía de trabajar con Loza en El mar de noche. Pero La enamorada descansa de tanta desolación impresa en el cuerpo de Luis Machín para dar lugar a un entramado en el que una mujer habla porque sí y cuando la voz ya no le alcanza, canta.Si de categorías se trata, es el primer musical de Cacace, que hizo de Apacheta su laboratorio de investigación durante 15 años (antes en la calle Pasco, ahora ubicado en Finochietto tras un angustioso intento de permanencia en su sitio original tres años atrás), siempre repensando su mirada sobre el teatro y sobre las obras como dispositivos sensibles. Ahora en El Picadero, Venegas y su voz por un lado, y la mujer que cuenta por el otro, construyen un universo donde la dulzura es el hilo que hilvana el impulso de una vida.

La enamorada es el segundo unipersonal de Loza dirigido por Guillermo Cacace. El primero, El mar de noche, también se puede ver actualmente en El Picadero.

–Como director estás corrido en la obra. Da la sensación de que podés hacer Stefano, Mi hijo solo camina un poco más lento o El mar de noche, sin imprimir una “marca Cacace”. Y sin embargo, tu rol en la dirección de actores es muy tangible.–De muy chico leí El espacio vacío, de Peter Brook. Y por algo habrá sido muy pregnante en mí una frase que decía algo así como que el estilo es el primer paso hacia la mediocridad. Cuando uno defiende en el estilo una situación de rostricidad, por decirlo así, de estar por delante de todo, deja inevitablemente de investigar. En esas ganas de huir de la propia rostricidad, hay que bancarse que te reclamen algo pasado, el grotesco o Mi hijo…, pero para mí no habrá nunca más un grotesco. Hago un trabajo muy fuerte conmigo para no caer en eso. Estoy haciendo otra cosa. Estoy en una época en la que me gusta pensar en lo impropio, lo que no es de nadie. Radicalizar la idea de lo impropio hace que el espectáculo tenga un nivel compositivo por parte del que lo ve, porque no es propiedad de los que lo hicimos. Tiene que ver con asumir la posición casi ética de que no hay obra cerrada porque es propiedad de cada encuentro.–Venís de hacer durante tres temporadas El mar de noche, otro monólogo de Santiago Loza. ¿Hay algo en relación al unipersonal que estás investigando?–A fines de los 90 hice un primer trabajo en el Rojas, que se llamaba Doméstico. Recién después de quince años vino lo de Luis y ahora muy cerquita llegó La enamorada. Estaba medio peleado con la idea del unipersonal porque muchas veces se instala en la vida del actor como una suerte de teatro móvil que se mete en una valija y se lleva a cualquier lado para hacer un despliegue de virtuosismo. No encontraba un texto que fuera realmente un unipersonal.–Y el monólogo es la especialidad de Loza, con sus textos narrados siempre desde una escritura sensorial.–Sí, para mí es muy lindo el encuentro con lo que propone Loza como textualidad. Las suyas no son piezas al servicio de ilustrar una hipótesis intelectual. Siempre me costaron, por ejemplo, las obras de Sartre o Camus. Es tan fuerte la hipótesis y es tan claro lo que quieren decir, ¡y estamos de acuerdo! Pero entonces, ¿qué sumamos? Una afirmación narcisista en las bibliotecas. Hay una mayor adhesión a la idea del otro porque se parece a la mía. Y, como decía Rancière, el valor del arte contemporáneo no reside tanto en eso que la obra quiere decir sino en nuevas configuraciones singulares de los cuerpos y los espacios que definen maneras de estar juntos o separados.

Julieta Venegas en “La enamorada”.

–¿Y qué sucede con esta obra en esos términos?–Hay algo del orden de la ternura como un gesto político en La enamorada, como el hallazgo de una forma que sopla un poco en la herida de lo cotidiano que duele tanto. Eso se ve en el funcionamiento artístico de algunas obras. Cómo pensar lo político, seguir estudiando formas alternativas para encontrarnos, porque las que tenemos hasta ahora no funcionan. En una obra que está al servicio de ilustrar una idea, es difícil que ahí, cuando el autor es tan claro, el público se permita estar componiendo. Está, más bien, admirando un ejercicio intelectocircense. Pero como espectador no le pasa nada en el plano de los afectos, que es donde se me arma a mí la experiencia teatral: en un campo de conmoción.–El hecho de que la actriz sea Julieta Venegas y no otra cantante es un símbolo fuerte. Sin embargo, el relato desmiente todo el tiempo que esta obra pueda ser una suerte de biodrama.–Hay gente que solamente va a venir a ver a Julieta y ella va a estar por delante de todo, si bien también está en crisis vital con su propia rostricidad. Ella desarma la banda, se viene a vivir a la Argentina, se enamora del mundo literario. Pero más allá de Julieta, la obra es una experiencia de cruce de lenguajes.–Plantea un universo muy plástico.–Es que Johanna Wilhelm tiene una impronta tan plástica que hace que todo el universo sea plástico. Casi te diría que no es un unipersonal. De hecho, hay dos presencias en escena haciendo las proyecciones: Johanna y Gisella [Cukier]. En escena, son tres de base. Y detrás hay una enorme cantidad de gente trabajando. Mi hijo… o La crueldad de los animales han tenido un procedimiento más sustractivo, como, por ejemplo, dejar a los actores con la ropa de ensayo –podríamos decir que hay una forma de la escenografía y el vestuario que podría llamarse no-escenografía, no-vestuario. En El mar de noche también es completamente sustractivo: Machín empieza haciendo lo que su impronta más cercana al Sportivo Teatral de Ricardo Bartís le genera como actor histrión y vamos sacando capas, capas, capas, hasta que queda ese hombre que ni se puede levantar de su sillón. Por el contrario, este espectáculo fue más aditivo, pero fue pensado como en el armado de un juego que no va a funcionar si ponés de más.–Y, sin embargo, sigue estando el espacio vacío.–Para mí es súper barroco en relación a las otras obras, pero es un sentimiento generalizado. La sensación ligada a mi propia edad es que todo me abruma mucho. Cuando voy a conciertos u obras de colegas, me muevo todo el tiempo o quiero irme: tiene que ver con esto de necesitar más vacío, con que las cosas no se llenen por llenarse, con lo que me permite decir a algunas cosas: “Esto entonces no lo hago”. La paso muy bien en mi trabajo como docente, es un trabajo de investigación. Si me embarco en una producción, de alguna manera tiene que ser funcional a este estado de vaciar. Incluso una bisagra fue cuando abandoné el ciclo de los grotescos, porque era mucho. Toda esa cosa esperpéntica ya empezaba a ser pesada. Cuando llegó Mi hijo… encontré una respiración chejoviana en un contemporáneo. Ese nuevo cambio de respiración es tal vez lo que se ve acá.ComentarioNarrar un mundo de fragmentosA fuerza de canto y música, la enamorada cuenta. Conserva intacta y reconocible de inmediato su voz, contracara de un nombre: Julieta Venegas. Pero la imagen se deshace inmediatamente en una paleta que va de la infancia a la adultez de una narradora ignota, como desmintiendo al cuerpo expandido. Una niña que pide permiso al hablar –como podría pensarse que hace la propia Venegas cuando pisa el terreno de la actuación–, con el desenfreno de quien no mide sus propias palabras, sino que se deja llevar por un orden alucinado de escenas tan pintorescas como insignificantes.Como siempre en los monólogos de Santiago Loza, el paisaje de La enamorada es hacia adentro. Con un cuatro en mano, su virtuosismo se ampara en la música como excusa y, mientras engaña con aires de timidez en plena presentación –como si de una sucesión de canciones se tratara todo– de repente y sin aviso el relato se convierte en imágenes en la cabeza del espectador: el hermano japonesito con sus ojitos rasgados e hinchados con la boca llena de mermelada de pera; los ojos cansados de la mujer que le dio la teta, suplantando con ella al hijo muerto; la madre gris, seca como un árbol en el invierno más crudo; los restos de la enamorada del muro en el jardín.La de Guillermo Cacace es una estética artesanal. Haga un grotesco, una obra de un autor croata o un monólogo de Loza. No importa si esta vez en La enamorada hay una maquinaria aplicada a la escena: es como si la escritura sensorial convertida en imágenes entreveradas hubiera calado en el collage y las siluetas recortadas en papel en vivo de Johanna Wilhelm, cuyas manos como hormigas arman un mundo de fragmentos. Figuras que se precipitan sobre el fondo infinito para recrear las más inciertas de las combinaciones posibles. Pero siempre la imagen desmiente la letra. Si Venegas dice “limpísimo cristal”, aparecen moscas y gusanos en el plato. Nada es lo que se promete.Todo para al final darnos cuenta de que esa mujer que narra no es la enamorada sino quien va enamorándonos de a poco con el transcurso de la obra, la que va despojándonos de todos los prejuicios para dejarnos tendidos frente a ella. Simplemente escuchándola, como se goza del desvarío de una lluvia torrencial con los ojos cerrados.La enamoradaLugar: Teatro El Picadero (Pasaje Santos Discépolo 1857).Horarios: jueves a las 21.45 y viernes a las 22.

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