Afroargentinos, el linaje invisibilizado

“La gente me preguntaba de dónde era yo”, dice Diego Rojas, profesor de música y guitarrista. Diego es más argentino que el dulce de leche, pero siempre lo imaginaban uruguayo, brasileño o caribeño incluso. No le pasa lo mismo a la actriz Carmen Barbieri (cuyo abuelo era guitarrista de Carlos Gardel) o el chaqueño Oscar Alemán, el único jazzista de cariz internacional del país. “Todas esas personas que, para nosotros, son blancas tienen una raigambre afro. Incluso en el caso del pianista y compositor de tango Horacio Salgán, sus orígenes eran convenientemente ocultados”, explica uno de los mayores especialistas argentinos en la materia: el antropólogo Norberto Pablo Cirio.Su trabajo académico de tres décadas es la base de dos muestras que se pueden ver hasta octubre en el Museo Pueyrredón de San Isidro y que reflexionan sobre la mentira del argentino blanco. Porque aquellos esclavos no desaparecieron.Si las familias patricias exhiben con orgullo su raigambre de siglos en estas tierras, hay otras familias (que en muchos casos comparten el apellido, impuesto por el amo al esclavo) que tienen una memoria de cuatro siglos en América: son los herederos de aquellos africanos que fueron arrancados de sus vidas, hacinados como bestias en barcos que cruzaban el Atlántico y vendidos por toda América.Esa memoria es la que reconstruye (In)Visibles, la muestra que reúne documentos originales, objetos arqueológicos y obras de arte sobre el presente y la historia de la Argentina afrodescendiente, mientras que en las galerías del museo se exhibe Hombres blancos, del artista brasileño contemporáneo Marcelo Masagão, en el marco de Bienalsur.

“El milico” (1880), acuarela de Eduardo Sívori. / Colección Mario López Olaciregui.

“Una media verdad no es otra cosa que una falsedad”, sentencia Cirio en diálogo con Ñ y, desde una cafetería situada frente al Cabildo, desmonta la historia oficial que asegura que los afroargentinos del tronco colonial sencillamente “se extinguieron”.“Si es cierto que los sectores más vulnerables fueron las víctimas mayoritarias de la epidemia de fiebre amarilla de 1871 –murieron casi 14 mil personas en una población de 187 mil habitantes– y muchos esclavos integraron los ejércitos durante el siglo XIX. Pero esto explica una disminución y no una desaparición”, agrega.Antropólogo por la UBA, Cirio forma parte del Instituto Nacional de Musicología “Carlos Vega” porque fue la música la que le reveló este universo negado, invisibilizado. Desde 2011 es director de la cátedra libre de Estudios Afroargentinos y Afroamericanos de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP), desarrolla desde 2016 un proyecto en el Groupe de Recherches et d’Etudes Latino-américaines de la Université Félix Houp-houët-Boigny de Costa de Marfil y lleva publicados más de un centenar artículos, libros, discos y documentales.Mientras revisa sus aportes conceptuales y patrimoniales a las muestras [In] Visibles y Hombres blancos, se detiene en los orígenes del mito de la “extinción”. “Esta tesis fue iniciada por una pléyade de gobernantes, periodistas e intelectuales conocida como Generación del 80 que idearon e instrumentaron una nueva fisonomía identitaria de corte blancoeuropeo para el país. Esa identidad nacional se mantiene incólume”, explica.Cirio define aquella operación como un doble certificado de defunción biológico-cultural: “Entre las estrategias aplicadas se encuentran su borradura en los censos, las reiteradas notas periodísticas que anunciaban su inminente fin, un deliberado desinterés académico que ni siquiera se vio en la obligación de explicar el por qué de esa supuesta desaparición y una agresiva política migratoria para atraer europeos para –en palabras de la época– regenerar la raza argentina”. La operación de blanqueamiento fue tan efectiva que, un siglo después, un trabajo académico de la UBA que en 2001 mapeó el ADN de la nación y reconoció la presencia de lo afro en la biología nacional no parece haber sido suficiente para reformular el imaginario.¿Cuántos son los afroargentinos? ” Esa es una pregunta compleja” –responde Cirio. Y aquí se cruzan números, cuestionarios, preguntas confusas y la diferencia entre ser y autopercibirse. “No todos los censos preguntaron sobre la procedencia étnica de los habitantes. A través de los que sí recabaron esos datos, sabemos que el máximo porcentual de afroporteños fue de 30,1 por ciento en 1806, aunque en 1887 apenas representaban el 1,8 por ciento de la población total”, explica el antropólogo.Hasta entrado el siglo XIX, se sabe que los afroporteños vivieron principalmente en el sur de la ciudad en los barrios de Monserrat, San Telmo y San Cristóbal. Pero las crisis económicas que se fueron sucediendo los fueron empujando cada vez más lejos del centro. Aunque parezca inverosímil, estadísticamente todavía no hay datos confiables que cuantifiquen a los actuales afroargentinos (el último censo que da cuenta de ellos es el de 1887). Hubo intentos con mejor o peor resultado.Uno fue la Prueba Piloto de Afrodescendientes efectuada en abril de 2005 en los barrios de Montserrat (Buenos Aires) y Santa Rosa de Lima (Santa Fe) por la Universidad Nacional Tres de Febrero con el apoyo técnico del INDEC, el asesoramiento de organizaciones de africanos y afrodescendientes de la Argentina y la financiación del Banco Mundial. “La prueba dio como resultado que el 3 por ciento de los encuestados se consideran afrodescendientes”, explica.Luego de eso, el INDEC realizó en el Censo Nacional 2010 una pregunta sobre la cuestión. Pero Cirio matiza los resultados: “La enunciación de la pregunta era, en el mejor de los casos, incorrecta y la capacitación de los agentes censistas no era la adecuada. Entonces, el indicador del 0,37 por ciento resultante no puede considerarse fiable”.Así, mientras la cuantificación se escurre entre la inoperancia y el desconocimiento, hay museos dedicados a la cultura afroargentina en dos provincias del país –Corrientes y Santiago del Estero–, creados y mantenidos por ellos, mientras que colectivos conformados por herederos de esta tradición de cuatro siglos –reunidos en la Red Federal de Afroargentinos del Tronco Colonial “Tambor Abuelo”– trabajan para visibilizar su rol en cada momento de la historia argentina. Ese protagonismo es el que narran las muestras del Museo Pueyrredón de San Isidro.“Tenía que decirles tres o cuatro veces que era argentino para que me creyeran”, retoma en diálogo con Ñ Diego Rojas desde su casa en la zona sur del Gran Buenos Aires. “Fui aprendiendo terminología para nombrar las cosas, colectivo, afroargentino, tronco colonial, conocí otros universos como el mío y ahora ayudo a mis compañeros y compañeras en la escuela a tomar conciencia”, dice.La muestra en el Museo Pueyrredón recibe con un mural de fotografías: niños, mujeres jóvenes, ancianos, madres, deportistas reconocidos, maestras, una chica que posa, un hombre que mira a cámara. Son el vecino del piso de arriba. El médico. La profesora de yoga. Son un diputado. El carpintero. Un escritor. El panel y la luz de la sala producen un efecto interesante: quien se detiene frente al collage ve su rostro reflejado entre esas miradas. Son nosotros.

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