El drama en primera persona de la familia que sufrió el ataque por el que juzgan a Jones Huala

VALDIVIA, Chile.-“Nos arrancaron, literalmente, de nuestro lugar. Toda esa violencia duró menos de media hora. Pero la casa, estrenada dos años antes, y la bodega [el galpón] se consumieron completas en un minuto. Se quemaron vivas muchas aves también: los patos y gallinas de mi madre, y muchos pollitos que estaban encerrados y no podían salir. Es triste, muy triste…”, alcanza a decir cuando se le quiebra la voz.Cristina Riquelme, una de las tres hijas de los puesteros del fundo Pisú Pisué incendiado por tres encapuchados una noche de verano de 2013, llora. Bebe agua y se disculpa por interrumpir un relato minucioso, lleno de precisiones que le exigen el fiscal y las querellas en la segunda jornada de audiencias del proceso contra Facundo Jones Huala.El referente mapuche está acusado de perpetrar el ataque que Cristina, sus otras dos hermanas y su cuñado, todos testigos directos, intentarán reconstruir con infinidad de detalles. Son todas exactitudes que los acusadores buscan que salgan a la luz para unir cabos e intentar convencer al Tribunal Penal Oral de Valdivia sobre la vinculación del lonco con esos hechos.Pero Cristina no se quiebra cuando cuenta que frente al estupor de las llamas salió corriendo con su hija en brazos hacia la ruta para pedir ayuda y que nadie—”quizás por temor”— la socorrió. Tampoco cuando afirma que la misma noche de aquel drama, los nueve integrantes de su familia debieron disgregarse en casas de amigos para poder dormir bajo techo. Un peregrinaje—dijo—se extendió durante meses.  Ella sólo estalla de angustia cuando evoca la muerte de los animales.Son apenas más nítidas las circunstancias ventiladas por sus padres la jornada anterior. Ese mismo reconocimiento de armas, capuchas, chaquetas y bolsos utilizados por sujetos no identificados se sucedieron como un loop en los cuatro testimonios que se escucharon en casi siete horas de debate. Hubo sólo dos nuevas evidencias materiales exhibidas a los testigos: un equipo de radio tipo handy y un par de botas, elementos usados e identificados para consumar el ataque.”No deben ser esclavos de los gringos. Ustedes se tienen que ir de acá porque estas tierras son nuestras, nos decían al ordenarnos que nos tiráramos todos al piso”, continúa Cristina una vez repuesta. “Mientras uno de ellos ataba a mi padre y a mi cuñado con una pita de nylon, el otro—el más alto, el que usaba un bolso rojo cruzado— preguntaba dónde estaba la escopeta. Pero en la casa no había armas”, narró. A pocos metros Jones Huala escuchaba. Tomaba notas y consultaba al oído a su abogada, mientras su otro letrado, Pablo Ortega, dirigía las repreguntas.El defensor quiso saber sobre dos intentos de tomas mapuches previas a ese mismo fundo. Y la mujer le respondió que vinculó esos hechos como una suerte de “amenazas” por parte de emisarios que luego se diluyeron una vez que su padre habló con uno de ellos. “Un sujeto de apellido Pailanca”, llegó a decir. En ese momento pareció instalarse el interrogante respecto a si otras personas, desvinculadas a Jones Huala, podrían haber fijado su interés en aquella propiedad.Los abogados defensores de Jones Huala: Pablo Ortega y Karina RiquelmeVerónica Riquelme, otra de las hijas, tenía al momento del ataque 12 años. Eran cerca de las 23.30 y estaba en su cuarto. Su hermana mayor y su cuñado habían llegado de visita unas horas y la familia se aprestaba a preparar la cena cuando escuchó un fuerte golpe en la puerta y los gritos de su madre.  “Primero me escondí y lloré de miedo—relató—luego me asomé y vi a mi familia tirada en el piso boca abajo con un sujeto encapuchado con un género negro brillante que les apuntaba con un arma.  Pero tomé la decisión y los enfrenté en el comedor. ¿Qué nos van a hacer?, les pregunté. Imaginé que nos iban a hacer lo mismo que a unos viejitos que habían quemado una semana antes. Ellos contestaron que no eran ladrones, y nos dijeron que sacáramos las cosas de valor porque la casa iba a desaparecer”, contó también entre lágrimas.”Me dio mucha impotencia—continuó—. Ellos nos ayudaban a sacar las cosas y cada tanto apagaban las luces, hablaban en mapuche y reingresaban a la casa para que no se viera nada desde la ruta. Después de un rato, les rogamos si podíamos sacar más cosas, pero dijeron ‘basta’. Rociaron las ventanas con un líquido negro, espeso, que se adhería a los vidrios. El más alto salió por atrás y volvió con una antorcha encendida. Pero se detuvo porque adentro estaba uno de sus compañeros. Recién cuando salió la arrojó. Ahí nos dijeron que nos alejáramos del fuego porque era peligroso. Y al irse escuchamos tres disparos a lo lejos. Mi hermana tomó el celular que había escondido mi madre y llamó a la jefa del fundo para contarle lo que había pasado”.Fueron esos relatos, escuchados una y otra vez, los que consumieron la jornada. El Tribunal le prohibió a la prensa tomar registros fotográficos de los testigos y desalojó la sala por un largo lapso cuando un reportero gráfico obturó su cámara conocer esa limitación.Para preservar a las víctimas, el Tribunal ordenó desalojar la sala y prohibió que sean fotografiadosEl corolario de la jornada fue la atmósfera dual que copó el recinto de audiencias: el drama palpable, evocado por esa familia, se contrapuso a la reivindicación del territorio que los indígenas mantienen en la IX región de Los Ríos  que vivaron, hacia el final, a su lonco.Jones Huala agitó los brazos en señal de saludo mientras un coro de voces arengaba: “La tierra robada será recuperada. Estado, fascista, ladrón y terrorista”.La defensa de Huala cree que el lonco será sobreseído. Se apoya en los antecedentes del caso que absolvió a la mayoría de los acusados. La fiscalía, por su parte, apuesta a que a partir de mañana, cuando salgan a la luz las investigaciones de la Policía de Investigaciones y de la Agencia Nacional de Inteligencia, ordenadas por una corte de apelaciones en el marco de una ley de seguridad interior de los años 70, quedarán claras las vinculaciones de Huala con esos hechos.Hubo una mayor presencia de público mapuche durante el debate.

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