El populismo necesita pobreza, ignorancia y fanatismo

Mucho se habla del populismo y pocas veces se entiende bien el sentido y alcance del término. El populismo no es una forma de gobierno, sino un estilo de gobernar propio de sistemas democráticos cuyos pueblos tienen una escasa cultura cívica. No es que en las autocracias no sea posible la existencia de populismos. En esos regímenes, los gobernantes no necesitan apelar a métodos populistas, ya que gobiernan sin los límites que marca una ley fundamental, o directamente desconociéndolos.Un gobernante populista tiene un objetivo único y principal: perpetuarse en el ejercicio del poder para enriquecerse a costa del erario público, pero haciéndole creer hipócritamente al pueblo que lo ha elegido, que su principal preocupación es verlo feliz. Para construir ese imperio de corrupción, el populista necesita tres ingredientes fundamentales: pobreza, ignorancia y fanatismo. Necesita a los pobres porque se vale de sus necesidades para manipularlos a su antojo por medio de subsidios y prebendas. El secreto del éxito del populista está en evitar que los pobres dejen de serlo, para lograr someterlos mediante la dependencia económica y social, erigiéndose en protector de aquellos y declarándoles falazmente un amor incondicional que no sienten. Por eso jamás hablan en público de los pobres ni dan a conocer cuántos son.El populista también necesita ignorantes, para evitar que la gente descubra la trama del engaño al que se la somete para cumplir sus objetivos. A un pueblo ignorante se lo engaña fácilmente, haciéndole creer que existen enemigos por doquier que desean perjudicarlos, y en ese contexto el populista se erige en una suerte de salvador supremo dispuesto a luchar contra esos supuestos enemigos a los que jamás denuncia ante la Justicia.Y por último, el populista necesita dotar a su pretendida epopeya épica de un relato impregnado de falsedades y sofismas, que se difunde constantemente a través de interminables arengas y discursos emotivos, cuyo objetivo es fanatizar a sus adeptos, quienes a partir de ese fanatismo califican a los opositores de enemigos, provocando grietas sociales insalvables que no sólo aumentan las tensiones sociales, sino que llegan a destruir grupos de amigos, familias, y hasta parejas Es por ello que los populistas tienen un profundo desdén por los límites normativos al ejercicio del poder -justificando sus excesos en la legitimidad popular de su elección- y por el accionar independiente de la Justicia. Creen en la democracia pero no en la república, invocan falazmente que respetan las normas y califican a las denuncias de corrupción en su contra como intentos desestabilizadores provocados por los enemigos cuya existencia invocan permanentemente.Ignorancia, pobreza, fanatismo y corrupción, son los pilares en los que se sustenta el imperio de los gobernantes populistas, tales como lo fueron los Kirchner en la Argentina, los Castro en Cuba, los Correa en Ecuador, los Morales en Bolivia, los Chávez y Maduro en Venezuela, los Ortega en Nicaragua, y también Roussef y Lula en Brasil. No es casual que, derrumbados sus imperios, de a poco vayan pagando las consecuencias de sus fechorías. Mientras tanto, tal como ocurre en Brasil y la Argentina, los vemos despotricar contra jueces “politizados”, que se pronuncian en causas “armadas” por los “enemigos del pueblo”.Contra el flagelo populista, la educación es el único y más efectivo antídoto.Félix V. Lonigro es profesor de Derecho Constitucional (UBA, UB y UAI).

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