Apuesto Señor y el coro de mujeronas

Bandas desclasificadas de treintonas, cuarentonas y cincuentonas ocupan todas las mesas de la vereda. Tops y minishorts. Piernas contorneadas de gimnasio. Colas duras. Indiscretas plataformas. Boquitas pintadas. Hay noche. Hay aperol, margaritas, tequila y ron. Naranja, verde lima, amarillo maracuyá.Gotas sudorosas resbalan por los tragos. Enfrentan el calor. Una pajita pispiretea el contorno de una copa. Busca una boca que la absorba. El cristal brilla coronado en una hilera de azúcar. El perfume de cada señora se mezcla. La superluna sonríe sinvergüenza.Las sillas en primera fila apuntan a la bicisenda. Runners sudorosos desfilan sin remera. La piel lustrada. La cara que exuda endorfinas. Veintones, treintones, cuarentones, cincuentones, sesentones potros. Antes de las 12, la pasarela se vacía. La noche quiere fugarse.En una de las mesas, asoma Apuesto Señor. El coro de mujeronas lo escanea. Apuesto Señor colecciona las miradas. Se sienta a una mesa. Besa a dos mujeres que lo esperan. Van a brindar. Levantan las copas. Sonríen. Se oye una carcajada y un grito. Apuesto Señor voltea. Otra mujer, de la mesa contigua, lo encara. Lo abraza. También lo besa. Lo aparta. Conversan. Hay risas y hay tensión.Apuesto Señor la despide. Retorna a la mesa. Brinda con las otras dos que lo esperan. Sorbe un trago y se va apurado. Al rato, suena el teléfono. Es Apuesto Señor que informa. La mujer de al lado era, es, su ex mujer. Ya no quedan hombres en las mesas. Las actuales, las ex, las amantes, las novias, las que buscan y las que no, ríen. Disparan selfies. Empoderadas. Felizmente entonadas. Exageradamente felices.

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