Los infinitos colores del Río de la Plata

Sin ánimo de debatir con Leopoldo Lugones, que ya no está entre nosotros para defender su metáfora, aquello de que el Río de la Plata es el “río color de león” se trata, al menos, de una verdad parcial.Quien se haya sentado a contemplar un atardecer en el muelle de madera de Nueva Palmira sabe que, en pleno ocaso, el arrebol refleja su luz sobre el río y literalmente lo pinta de escarlata.Es cierto que su tonalidad a veces semeja la arena pálida que vio Alfonsina Storni. Pero una mañana cualquiera, cuando se deja atrás la Isla de Flores, en el extremo Este de Montevideo, aparece el verde azulado del mar avanzando en el estuario.Pero si se navega por las mismas coordenadas una noche en la que el viento sopla fuerte, agarrate catalina: cuando las olas golpean sobre la cubierta, las noctilucas, esos microorganismos que se encienden como bichos de luz cuando se agitan, lo transforman en un río de aguas fosforescentes.En las noches que no se ven las estrellas sucede lo opuesto: se presenta denso y oscuro como el plomo.Hay una teoría jamás confirmada de que su nombre se debe a que los conquistadores españoles creían que aguas arriba llegarían a las sierras de Potosí, que desbordaban de plata. Sin embargo, puede deberse a otros motivos.Por ejemplo, cuando la luna asoma en el horizonte, comienza a dibujar un camino plateado que se ensancha a medida que asciende. Entonces, toda la superficie se vuelve brillante. Y es inevitable sentir que estás navegando sobre un maravilloso río de plata.

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