Creedence Clearwater Revival: carnaval toda la vida

Igual que en otra película protagonizada por Tom Hanks (Forrest Gump), en The Post (Steven Spielberg, en cartel) hay una escena ambientada en la guerra de Vietnam musicalizada con Creedence Clearwater Revival. Los temas seleccionados (Fortunate Son en la primera, Green River en la que hoy se exhibe) son dos poderosas muestras de la capacidad de John Fogerty y los suyos en dar con el espíritu de época, tener capacidad de evocación y una vigencia que excede la real naturaleza de la banda: ser un acto retro en pleno apogeo de la psicodelia, el nacimiento del rock progresivo y la expansión mutante del folk.La paradoja es que Creedence, igual que mucha de la mejor música de los ’60, es una banda contrarrevolucionaria. Su guiso de rock and roll, country y soul, ese sonido que luego sería definido como “raunchy”, parecía inicialmente una reacción contra la expansión que estaban atravesando The Beatles (Revolver y Sgt Pepper’s), Bob Dylan (Blonde on Blonde) y The Rolling Stones (Between the Buttons y Their Satanic Majesties Request), o la avanzada de su propia zona, la bahía de San Francisco, con bandas como Grateful Dead y Jefferson Airplane como adalides del rock ácido y la contracultura.Pero lo que parece que tarda años en revertirse, en la lámpara de Aladino de los ‘60 sucedía en meses. Para 1968, tanto Beatles como Stones y Dylan se habían hartado del ácido y las charreteras militares. El sonido rústico, cuasi rural y vital de Creedence y The Band pronto se convertiría en el nuevo norte, inspirando algunos momentos del White Album (Beatles), Beggars Banquet (Stones) y lo que posteriormente se conocería como The Basement Tapes, grabado por un Dylan retirado junto a The Band, su banda de acompañamiento desde 1966.Fue como si de golpe, se retrajera el technicolor y el sepia volviera a reinar. En 1969, Creedence publicaría tres discos al hilo (Bayou Country, Green River y Willy and the Poor Boys), como compitiendo a la japonesa contra momentos cumbres del rock: Abbey Road (Beatles) y Let it Bleed (Stones), y asumiendo que su poder de fuego iba a sucumbir ante la artillería del rock duro, que aquel año despuntaba en los dos primeros volúmenes de Led Zeppelin.En Argentina, la presencia de Creedence excede la posibilidad de que la parte menos decisiva de la banda original (el bajista Stu Cook y el baterista Doug Clifford) pasee dentro de nuestras fronteras el dudoso acto que dieron en llamar Creedence Clearwater Revisited. Su sonido fue rápidamente captado por los oyentes locales: la revista Pelo editó, en 1970, un número especial dedicado a la banda de El Cerrito (California), en tanto en su histórico debut (30 minutos de vida), Moris escribía desde la contratapa: “Son las once y media de la noche y escucho en el aire una canción del conjunto Creedence Clearwater Revival y suena con la naturalidad de un tango antiguo flotando sobre la ciudad”.En el circuito de discotecas bonaerense, Creedence asumió un rol de rey de pistas para todos aquellos que quisieran patear rock and roll de manera atemporal y genuina, un ritual que puede haber mermado pero nunca acabado, incluso como libro de texto de bandas como Los ángeles del rock and roll, verdaderos fenómenos tapados del conurbano. El compilado Crónica fue, en los ‘70, uno de los discos de catálogo más vendidos, codo a codo con los dobles azules y rojos de The Beatles, y si le realizaran una audiometría al Chizzo de La Renga, sería posible obtener cera fosilizada con rastros de las veinte canciones que ocupan la selección.Ayer, mientras en New Orleans se celebraba Mardi Gras (título del último y menor disco del grupo original) y los CC Revisited continuaban su gira, las desafinadas trompetas de un corso porteño intentaban dar los tonos correctos del Decime que se siente, un cantito popular derivado del clásico Bad Moon Rising. Para el pueblo lo que es del pueblo.

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